Marina se detuvo por un momento y levantó curioso la vista hacia las escaleras empinadas. Sacó un pañuelo del bolsillo y se limpió cansado el sudor de la frente.
Diego abrió una botella de agua, tomó un sorbo y luego se la pasó a Marina.
—Nunca había venido aquí —comentó Diego, mirando extasiado hacia la cima.
Ambos bebieron un poco de agua y, después de un breve descanso, retomaron entusiastas el ascenso. Finalmente, llegaron a la cima.
Frente a ellos se alzaba la antigua iglesia, imponente y c