—No sé quién los mandó.
Emiliano se quejaba mientras tocaba adolorido las zonas donde lo habían golpeado. Su rostro reflejaba un agudo dolor, pero también una notable desconfianza. No era tan tonto como para soltarle algo sobre Félix a los del Grupo Yulia. Para él, eso sería traicionar por completo su propia posición.
Ricardo, de pie junto a él, sonrió con calma.
—Que no sepas quién los mandó no es problema, al final, el que está recibiendo los golpes eres tú, no yo. Y he venido hoy para hablar