Por la mañana, al día siguiente, el sol se filtraba entre las hojas de los árboles en el jardín trasero, iluminando el suelo con pequeñas manchas de luz. Marina le estaba echando de comer al patito, que, con el pecho inflado de emoción, corría travieso hacia ella para devorar el alimento.
Diego apareció de repente en el jardín con el celular de Marina en la mano.
—Tienes una llamada —le dijo, entregándoselo.
Marina miró la pantalla: era Fernando.
—Fernando, ¿qué pasa? —preguntó, preocupada.
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