La incomodidad en el rostro de Luna desapareció al instante y una sonrisa apareció de repente en sus labios.
—Yulia, qué bien portadita. Este es un regalo para ti.
—¡Gracias, abuela!
Yulia sonrió con dulzura, y con el regalo en las manos, se acercó a Diego. Él la levantó con suavidad y la sentó junto a él.
—Papá, ¿me lo guardas?
Eduardo y Luna se miraron sorprendidos al escuchar a Yulia llamarlo papá con tanta naturalidad.
Marina, como si hubiera adivinado lo que pensaban, sonrió y le explicó.
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