—Ah… mm… Diego. ¡Qué increíble! Ah, qué placer… ¡oh, más fuerte!
En el sofá, una mujer no podía contener los gemidos.
Diego, con el rostro serio, se quedó en absoluto silencio, algo molesto. Levantó la mano y le dio una suave palmada en el trasero a Marina.
—¡Marina, si sigues así, voy a tener que quitarte la ropa ya!
¡Solo era aceite de masaje!
Sabía muy bien que ella estaba exagerando a propósito.
Marina giró la cabeza, mirándolo con incredulidad.
—¿Me estás pegando?
Diego la cubrió con una ba