Las grullas de papel, en varios tonos, tenían un aspecto fascinante.
—Diego, no sabía que sabías hacer esto, ¡eres increíble! —exclamó Marina, sorprendida.
—Te haré una preciosa flor —respondió él, también asombrado por su propia destreza.
Pero, a medida que avanzaba en su tarea, de repente se detuvo.
Un momento…
¿Por qué estaba perdiendo el tiempo con algo tan insignificante?
—Apúrate, quiero ver la flor que estás haciendo —insistió Marina, algo impaciente.
Se levantó y fue hacia el tocador en