Marina ya no tenía duda alguna: el hombre a su lado era, sin lugar a dudas, Diego.
Sabía que él había regresado sano y salvo.
Sin embargo, aunque lo tenía de nuevo a su lado, no podía evitar mirarlo de vez en cuando en silencio.
Cada vez que lo hacía, él respondía con una sonrisa traviesa y decía:
—¿Te parece que estoy guapo?
Marina, incómoda y sin saber en ese momento qué contestar, pensaba para sí misma: Con esa cara hinchada que tiene ahora, guapo no sería en realidad la palabra adecuada.
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