A las siete de la noche, Diego regresó con un pequeño acuario en las manos. Dentro, dos pececitos dorados nadaban con calma. Marina ya había preparado la cena, se había dado un baño y lavado el cabello, pero aún lo tenía húmedo cuando escuchó los pasos de Diego acercándose.
—Marina, ya volví.
Ella se colocó la toalla sobre el cabello, se calzó unas sandalias y salió del baño. Vestía un camisón negro de tirantes que dejaba su piel, inmaculadamente blanca al descubierto. Diego sostenía el acuario