Colgó la llamada y Marina se entregó al masaje que le proporcionaba Diego.
Entrecerró los ojos, dejando escapar un suspiro de placer.
Diego, con una mirada intensa, se inclinó hacia ella, fijando su atención en sus ojos.
Su rostro había recuperado un ligero rubor.
—Marina, ¿puedes pagarme primero por el masaje? —preguntó, con una sonrisa pícara.
Aunque Marina no quería reír, una risa suave se escapó de sus labios.
—¿Qué te hace pues tanta gracia? —replicó Diego, alzando una ceja, un brillo tr