En el hospital, ya por la tarde, continuaban llegando pacientes.
—¡Siguiente!
Diego, tecleando datos en la computadora, mostraba una rápida señal de impaciencia. Si no fuera médico, tal vez habría echado a esta mujer.
—Doctor Diego, mi pierna sigue doliéndome mucho —dijo la paciente, de apenas veinte años y valiente en el amor, con una herida en la pantorrilla que le habían cosido.
—Señorita, el doctor Diego ya le recetó un analgésico. Puede ir a recogerlo; aún tenemos otros pacientes —intervino