A las cuatro de la tarde, después de un absurdo día que se le hizo eterno, pensó en llamar a su hermana. Pero no lo hizo, y no porque no quisiera hablar con ella, sino, sencillamente, porque no se podía mover.
¿Por qué no la llamaba Sergio? Cogió el teléfono para llamarlo ella, pero lo tiró con fuerza sobre el sofá… No. Que llamara él.
La tarde fue avanzando y Laura seguía sentada en el sofá, con el ordenador abierto sobre las rodillas y el teléfono a mano, por si él escribía o llamaba, mientra