El cubito de hielo se derrite sobre mi piel ardiente.
—Lo imagino lamiendo las gotitas —le digo—. Su lengua jugando con mi duro pezón, tentándome hasta que no puede más y lo mordisquea. Noto el roce de sus dientes antes de que empiece a chuparlo con fuerza, con tanta fuerza que acaba siendo como un cable al rojo vivo que me atraviesa hasta el clítoris.
—¡Jesús! —exclama con sorpresa—. ¿Quién está jugando ahora?
—Es que soy muy competitiva —contesto. Sin embargo me cuesta hablar. Mi mano ha subi