Entró al bufete un poco cohibida, aún alterada por el desastre de la comparecencia. El juez había estado en su sitio, muy serio y haciendo las preguntas apropiadas, pero Laura no había pasado por alto la sonrisita burlona que aparecía en sus labios cada vez que la miraba. Estaba segura de que, en sus pocas intervenciones, pues el fiscal había hecho la mayoría de las preguntas y puntualizaciones interesantes, le había salido voz de pito. Pero el peor momento fue al final, cuando su señoría se le