La noche sobre el faro de Santa María no traía la oscuridad total, sino una penumbra teñida por el pulso azul y dorado de la linterna principal. En el ala oeste de la finca, el silencio era denso, interrumpido únicamente por el crepitar de la leña en la chimenea de la biblioteca y el rumor constante del oleaje contra los acantilados.
Amelia descansaba en la chaise longue del estudio, con Mateo dormido sobre su pecho. La luz del quinqué iluminaba la suavidad de las facciones del niño, cuya resp