Amelia buscó la mano de Máximo bajo la mesa de teca, entrelazando sus dedos con los de él.
—Fue en este acantilado donde tu padre aprendió que no estaba solo, Mateo —añadió Amelia, contemplando el horizonte del océano—. Y fue aquí donde entendimos que ningún imperio vale nada si no tienes un hogar a donde regresar.
Elena alzó la cabeza de su dibujo, enseñándoles una hoja donde había pintado cuatro figuras tomadas de la mano junto a una torre alta iluminada por un sol brillante.
—Este es