La luz del mediodía en la bahía de Santa María poseía una claridad cristalina que parecía limpiar cada rincón del paisaje. En el ala principal de la Fundación Amelia Cavalli, el bullicio alegre de los niños llenaba los pasillos decorados con trabajos en madera, acuarelas y collages inspirados en el mar.
Amelia caminaba despacio por el salón central, observando los caballetes donde los alumnos más jóvenes intentaban capturar el movimiento de las olas. A su lado, la pequeña Elena, de tres años,