El amanecer sobre el acantilado de Santa María llegó teñido de un rosa tenue que disipaba lentamente la niebla matutina. El mar, manso y plateado, reflejaba las primeras luces del sol mientras la brisa fresca del otoño hacía crujir suavemente las ramas de los pinos en el jardín interior.
En el ala oeste de la residencia, Mateo dormía aún plácidamente con la pequeña gaviota de madera prensada entre sus dedos. En la planta baja, sin embargo, el movimiento habitual de la casa había comenzado con