Entré de regreso a la habitación a tropezones, cerrando la puerta detrás de mí. No podía ni respirar, sentía que el aire me faltaba. Pero lo peor de todo, lo que verdaderamente me quemaba por dentro, era la culpa de saber que yo ya lo sabía. Siempre lo supe en el fondo de mi alma, todas las advertencias de Javier eran ciertas, pero me había negado sistemáticamente a darme cuenta de la realidad por pura cobardía. Me acosté en la cama en posición fetal, abrazándome a mí misma; tenía los ojos ardi