La abuela, con una expresión glacial, declaró: —No me llames mamá, no tengo un hijo como tú.
Felipe, por supuesto, tampoco deseaba acercarse, pero no podía evitarlo.
Después de todo, su preocupación por la herencia de la abuela lo mantenía al tanto, temiendo que cayera en mis manos.
Con una sonrisa forzada, se atrevió a decir: —Mamá, sé que no te encuentras bien de salud, por eso he traído una selección de suplementos costosos para ti.
—No los necesito, llévatelos y vete.
—Mamá, independientemen