La abuela sonrió suavemente: —Lo sé, lo sé.
—Me alegra que lo sepas.
Miré a Mateo: —Vamos, volvamos a casa. Llevemos primero a Olaia.
Para mi sorpresa, Olaia nos rechazó: —No voy a volver. No tengo nada que hacer, así que me quedaré en el hospital con la abuela. Así evito que tú, embarazada, te preocupes y no puedas comer ni dormir bien en casa, lo que podría afectar el desarrollo de mi ahijada.
No pude evitar sonreír con resignación: —¿Tan grave?
—Te hablo en serio.
Olaia me empujó suavemente h