Justo cuando iba a abrir la puerta del conductor, Enzo me detuvo, señalando con la barbilla: —Ve al asiento del copiloto, yo conduzco.
—Gracias, Enzo.
Le lancé una mirada agradecida y acepté sin protestar.
Con mi mente ocupada en la seguridad de mi abuela, conducir distraída sería demasiado peligroso.
De camino a la fábrica abandonada, le envié un mensaje a Olaia para avisarle que no podría llegar y que tomara ella la decisión.
Luego intenté llamar a Mateo.
El celular sonó varias veces hasta que