Las palabras de Mateo, una a una, recorrieron mi oído como una corriente eléctrica, llegando hasta lo más profundo de mi corazón.
Solté un largo suspiro, finalmente entendiendo la razón de su cambio de humor al mediodía.
Mateo notó mi alivio y preguntó: —¿Por qué suspiras?
—¿Y todavía lo preguntas?
Le pellizqué la cintura y, con tono de reproche, le dije: —Al mediodía, mientras tomabas la sopa, tu actitud cambió de repente. ¡Me diste un buen susto!
Mateo se quedó un poco sorprendido y, en voz ba