La incomodidad de José fue solo un momento. Rápidamente recobró su expresión serena, sin mostrar emociones: —Sí, vine con Santiago. Aprovechamos para echar un vistazo.
Olaia, con un vestido rojo que destacaba su piel de porcelana, miró con cierta pereza hacia afuera: —¿Y Santiago?
Desde aquella noche en el cumpleaños de Mateo, Santiago no paraba de enviar los mensajes:
[¿Te gusta este bolso?]
[¿Qué opinas de este collar?]
[¿Salimos a tomar algo?]
Sus intenciones eran claras, y Olaia no era ningu