El pequeño parecía de tres o cuatro años, con un estilo muy moderno, y su aspecto era tan delicado que resultaba adorable al mirarlo.
Sin embargo…
Esto no pudo tomarse a la ligera.
Estaba algo confundida, así que le acaricié la cabecita: —¿Tía?
—¡Sí! Tía, me llamo Diego García, y tú puedes llamarme Dieguito.
El pequeño se presentó de manera tan tierna y con voz infantil que era imposible no sonreír.
Me agaché y le respondí suavemente: —Está bien, Dieguito, pero…
Hice una pausa y miré a Mateo: —¿