Mateo giraba el encendedor con monotonía, su rostro imperturbable: —No lo sé.
Yolanda se rio: —¿Así que hasta el demonio puede ser desconcertado por alguien más?
—No quiero presionarla.
—Vamos, no te engañes. Sabes perfectamente que fue a ese hotel hoy, y tú, con ese coche llamativo, te quedas esperando a que alguien te siga.
...
—Y luego, cuando llega, te escondes y te niegas a verla.
…
—Mateo…
Yolanda se levantó de repente, lo señaló y sonrió con picardía: —No estarás jugando al difícil para a