Me asusté por sus gritos. Fue hasta entonces que me di cuenta y me toqué el lóbulo de la oreja, la sangre ya se había secado y al tocarla se desprendió un poco de costra roja. Eso volvió a hacer que la oreja me doliera.
Ni siquiera me había dado cuenta de la herida…
Olaia me dio una palmadita en la mano y me reprendió:
—¿Cómo puedes rascarlo con tanta fuerza? ¿No te dolía?
Luego, sacó de su bolsa un algodón con yodo y, con sumo cuidado, me desinfectó la oreja.
—¿Cómo te hiciste esto?
—Fue Ania l