Aún estaba despierto.
Apreté los labios y, con seriedad, le dije: —Sobre aquel día en que rompí tu hucha, lo siento mucho.
Al oírme, se quitó la máscara de dormir de un tirón, y en sus ojos cansados apareció un destello de molestia. —Delia, afuera siempre te toman el pelo, pero parece que solo conmigo sabes cómo fastidiarme, ¿no?
—No, no es eso.
Lo interrumpí apresuradamente, sacando el conejito de cerámica que había mandado a hacer, intentando calmarlo: —Mira, hice que replicaran tu conejo lo m