Olaia corrió descalza a abrir la puerta. Al hacerlo, se quedó un momento paralizada: —Enzo, ¿vienes a ver a Delia?
—Sí.
Enzo sonrió amablemente mientras entraba. Se cambió los zapatos por las pantuflas, y al mirarme, preguntó: —¿Cómo te sientes hoy? ¿Todavía te duele?
Aunque solo había pasado una noche, al verlo de nuevo, me invadió una sensación de vergüenza.
Él era quien me había ayudado.
Enzo notó que me quedé absorta, se acercó y, entre risas, dijo: —¿En qué piensas?
—Nada.
Sacudí la cabeza