Lo que a él le gustaba, yo también lo aceptaba.
No debería sentir que me esfuerzo en vano.
Marc, con sus ojos oscuros y brillantes, insistió: —No te preocupes por eso, come.
Me dio pena por él: —Tu estómago no está bien.
—¿Has soportado tres años? ¿Crees que yo no puedo hacerlo una vez? No me subestimes.
Hablaba con seriedad.
Bajé la mirada: —Está bien, haz lo que quieras.
Después de la comida, él se ofreció a lavar los platos, y yo seguí trabajando sin remordimientos.
A diferencia de Enzo, con