El automóvil se detuvo lentamente frente a una imponente mansión. El chofer bajó primero y nos abrió la puerta.
Alba, con elegancia en sus tacones negros, me guió a través de la entrada. Su espalda erguida y porte impecable denotaban una crianza esmerada desde la infancia.
—En realidad, hoy la he traído aquí porque quiero pedirle un favor.
—¿Qué sería?
—Lo sabrás en un momento.
Al oír esto, sentí cierta curiosidad, pero no insistí más.
No suelo ser una persona muy curiosa.
Sin embargo, cuando me