Mundo ficciónIniciar sesiónCuando Ámbar escuchó pronunciar el nombre de Raymond Schubert, se quedó paralizada. La sorpresa fue tan grande que por unos segundos lo único que pudo hacer fue fijar la mirada en el rostro del hombre que yacía tendido en la cama.
Al llegar a aquella habitación no lo había reconocido. La impresión inicial fue la de un rostro familiar, alguien que de alguna manera le recordaba a alguien más, pero su mente no había logrado asociarlo con el hombre famoso de las revistas y de las pantallas.
La diferencia era bastante. El Raymond Schubert que el mundo conocía, ese que aparecía sonriente en fotografías, rodeado de flashes y periodistas, poco tenía que ver con la figura que ahora tenía frente a los ojos. Aquí no había trajes elegantes ni un porte imponente; en su lugar, había un cuerpo delgado, un rostro pálido y consumido por la inactividad, conectado a máquinas que sostenían cada uno de sus signos vitales. Esa transformación física hacía difícil reconocerlo a simple vista, y por eso Ámbar había dudado, porque en su memoria la imagen de Raymond estaba asociada al brillo del éxito, a la salud radiante y a la atención mediática constante.
Durante dos años, Raymond había desaparecido por completo de la vida pública. Aunque su nombre seguía apareciendo en comentarios y especulaciones, no había fotografías recientes, ni entrevistas, ni conferencias. Había sido un silencio extraño para alguien de su notoriedad, y ahora el motivo estaba frente a sus ojos: no era un retiro voluntario, sino la consecuencia de aquel coma que lo mantenía prisionero en un cuerpo inmóvil.
Pero aquella revelación no terminaba ahí. Lo que más desconcertaba a Ámbar no era únicamente la identidad de Raymond Schubert, sino la forma en que el destino parecía urdir un juego extraño y retorcido con su vida. Ella había aceptado casarse con un hombre al que no conocía, convencida de que lo hacía únicamente para garantizar la tranquilidad y el bienestar de su hijo. Sin embargo, el azar le había mostrado otra cara: no se trataba de un desconocido cualquiera, sino de un multimillonario influyente, admirado en los círculos sociales. Y, como si aquello no fuera ya sorprendente, descubría que estaba a punto de convertirse en esposa del peor enemigo de su exmarido.
La ironía era tan amarga como seductora. Vidal siempre había manifestado su desprecio por Raymond Schubert, y ahora Ámbar, sin proponérselo, se encontraba unida a él por el lazo más íntimo que podía existir.
Cuando llegó el instante señalado, Ámbar tomó el anillo y lo deslizó en el dedo anular de Raymond. Después, se colocó el suyo. El juez de paz pronunció las palabras rituales oficiando un acto definitivo: declaró que, por la autoridad que le confería la ley, quedaban unidos en matrimonio. Fue entonces cuando Ámbar se inclinó hacia el cuerpo estático de Raymond y rozó sus labios con los suyos, sellando así la unión que la convertía en su esposa.
La ceremonia concluyó sin sobresaltos: el juez se retiró con la discreción acostumbrada y lo mismo hicieron los testigos, que fueron contratados por Elías, quienes habían cumplido su papel en silencio, sin preguntas ni comentarios.
Cuando la habitación volvió a quedar en calma, Ámbar permaneció junto a Raymond, observándolo sin decir nada durante un largo rato, como si necesitara convencerse de que lo que acababa de ocurrir no era un sueño ni una ilusión pasajera.
Fue entonces cuando Elías se acercó despacio, con las manos cruzadas detrás de la espalda, y rompió la quietud con suavidad.
—Ya está hecho —articuló.
—Así que… tu sobrino es el gran Raymond Schubert —susurró Ámbar.
Ella lo conoció solo de lejos y recordó lo que había escuchado de Vidal, cómo lo odiaba y lo mencionaba con resentimiento por algo que había pasado entre ellos. No obstante, ella nunca había tenido contacto personal con Raymond; su conocimiento provenía únicamente de lo que los medios mostraban.
—Así es —replicó Elías—. El abogado te hará firmar un contrato de confidencialidad. Hay muchas cosas de las que no puedes hablar con nadie. Incluso este matrimonio, no es necesario que nadie lo sepa. Solamente se hará público cuando nazca el hijo de Raymond. Hasta entonces, todo debe permanecer bajo discreción, y nadie puede enterarse de que mi sobrino está en coma.
—Entiendo —respondió Ámbar—. Si no te molesta, volveré a casa de mis padres.
—Llámame si necesitas algo —indicó Elías.
Ámbar salió de la habitación y Elías se quedó observando la cama, mientras los monitores continuaban su rutina silenciosa, mostrando líneas verdes que serpenteaban de manera constante.
Pero entonces, un ligero cambio ocurrió. La línea de electrocardiograma, que hasta ese momento se movía con una cadencia constante y predecible, dio un pequeño salto. El monitor emitió un pitido breve que llamó la atención de Elías.
Un segundo pitido surgió y Elías observó sorprendido la manera en que los ojos de Raymond comenzaban a moverse bajo los párpados. Finalmente, empezaron a abrirse.
—Has despertado —señaló Elías—. Cuánto tiempo sin vernos, sobrino.







