Ámbar la miró con asombro. No podía creer lo que acababa de escuchar, que Vidal estuviese nuevamente frente a la mansión, buscándola a ella. Por un momento se quedó en silencio, atónita, sin saber cómo reaccionar ante la idea de que él hubiese regresado. El simple hecho de imaginarlo allí hizo que un escalofrío le recorriera la espalda.
Layla, al ver su expresión, entrecerró los ojos con burla.
—No puedo creer que tengas el descaro de hacer que tu exesposo venga hasta aquí para verte —señaló—.