Alaska permaneció frente a la puerta cerrada, deshecha en llanto, y comenzó a golpearla con ambas manos, una y otra vez, como si cada golpe fuera un último intento desesperado por recuperar lo que acababa de perder. Su voz se elevó en la noche, quebrada, suplicante, cargada de una angustia que no lograba reprimir.
—¡Vidal! ¡Vidal, por favor, ábreme! —gritó—. ¡Mi amor, déjame entrar! ¡Hablemos, por favor! ¡No me dejes aquí, déjame entrar!
Repitió su nombre incontables veces, alzó la voz hasta quedarse ronca, golpeó la madera con desesperación, pero del otro lado no hubo respuesta alguna. La puerta no volvió a abrirse.
El silencio que recibió como única contestación fue tan cruel como definitivo. Aun así, Alaska no se marchó. Siguió allí durante horas, aferrándose a la esperanza de que en algún momento él cediera, de que saliera, de que la escuchara.
Con el paso del tiempo, la noche avanzó lentamente hacia la madrugada. El frío del suelo se filtró a través de su ropa, pero ella apenas l