Alaska permaneció frente a la puerta cerrada, deshecha en llanto, y comenzó a golpearla con ambas manos, una y otra vez, como si cada golpe fuera un último intento desesperado por recuperar lo que acababa de perder. Su voz se elevó en la noche, quebrada, suplicante, cargada de una angustia que no lograba reprimir.
—¡Vidal! ¡Vidal, por favor, ábreme! —gritó—. ¡Mi amor, déjame entrar! ¡Hablemos, por favor! ¡No me dejes aquí, déjame entrar!
Repitió su nombre incontables veces, alzó la voz hasta qu