Ella lanzó una mirada al coche donde el chofer la esperaba. Aunque los vidrios estaban arriba, sabía que los observaba. No quería que escuchara la conversación, así que tomó a Vidal del brazo y lo llevó hacia su auto.
—Basta, Vidal, ya vete. No puedes estar aquí —regañó.
—No, no me iré. Tú y yo tenemos que hablar. Dime, ¿de quién es esta casa? A juzgar por el tamaño y la fachada, parece que te encontraste con el hombre de los huevos de oro, ¿no?
—¿Y eso a ti qué? —soltó, irritada—. ¿Qué te impor