Durante los días posteriores, Vidal comenzó a proporcionarle a Raymond pequeños fragmentos de información sobre Ámbar, como si cada detalle fuese una pieza esencial de un rompecabezas que él mismo había decidido armar.
Una tarde, mientras ambos se dirigían hacia la salida de la universidad, Vidal le habló con aparente despreocupación.
—Por cierto, a Ámbar le gustan las flores —comentó con ligereza—. Un ramo sencillo sería un buen comienzo.
Raymond se mostró incómodo. La idea de depender de un intermediario no lo complacía en absoluto. Sentía que, de alguna manera, había perdido el control de una situación que ni siquiera había logrado iniciar por su cuenta.
Sin embargo, si Vidal ya había empezado a hablar de él, no existía modo de retroceder sin quedar en evidencia o sin generar una impresión equivocada. Había perdido el derecho a la vacilación.
Así, Raymond se detuvo frente a una floristería y eligió un ramo cuidadosamente arreglado, compuesto por flores claras y delicadas. Lo sostuv