Vidal permaneció en silencio unos instantes, observando fijamente el reloj que Raymond sostenía frente a él. No dijo nada al principio, solo extendió la mano y lo tomó con delicadeza. Luego, se lo colocó alrededor de la muñeca. Ajustó la correa, contempló cómo el brillo discreto del cristal se asentaba sobre su piel y alzó ligeramente el brazo para examinarlo con atención.
—Pues… esto sí debo agradecerlo —dijo finalmente.
—No es nada —respondió Raymond.
Vidal abrió la puerta del auto sin añadir