Vidal permaneció en silencio unos instantes, observando fijamente el reloj que Raymond sostenía frente a él. No dijo nada al principio, solo extendió la mano y lo tomó con delicadeza. Luego, se lo colocó alrededor de la muñeca. Ajustó la correa, contempló cómo el brillo discreto del cristal se asentaba sobre su piel y alzó ligeramente el brazo para examinarlo con atención.
—Pues… esto sí debo agradecerlo —dijo finalmente.
—No es nada —respondió Raymond.
Vidal abrió la puerta del auto sin añadir más. Antes de descender, lanzó una última mirada hacia él.
—Gracias, pero que no se te haga costumbre —murmuró, y luego cerró la puerta. Caminó hacia su casa con pasos tranquilos sin girarse, mientras la lluvia comenzaba a menguar sobre el pavimento.
Los días siguientes transcurrieron con normalidad. Vidal asistió a las prácticas, Raymond también, y aunque la relación entre ambos parecía haber recuperado su equilibrio, aún flotaba entre ellos cierta incomodidad que ninguno verbalizaba. Sin emba