Raymond avanzó como una tormenta desatada, con pasos tan veloces que parecían golpear la tierra. La cólera le recorría el cuerpo como un incendio indetenible. Vidal, absorto por completo en Ámbar, no percibió nada. Su atención estaba volcada exclusivamente en ella: en su rostro, en la mano que retenía con insistencia, en cada matiz de sus reacciones. El mundo a su alrededor dejó de existir para él, y esa ceguera momentánea fue lo que permitió que Raymond se aproximara sin que lo notara.
Ámbar,