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Hoy nos toca cenar

«Fornicar: significa tener relaciones sexuales fuera del matrimonio o de una unión estable, un término que se originó del latín fornix (bóveda), refiriéndose a los burdeles romanos ubicados en arcos, y que hoy en día se usa para describir el coito no marital, o incluso la promiscuidad sexual. »

—¡Ahhh! ¿Qué dije?

Grité alarmada al comprender por fin el significado de aquella palabra que le había dicho al padrecito.

—¿Qué pasa, Carmelina? —preguntó mi tía, recostada en el sofá más grande, hojeando una revista de estilo y vanidades sin demasiado interés… hasta ese momento.

La miré con la cara ardiéndome de vergüenza. Me sentía fatal al pensar que, por haber pronunciado una palabra tan fea en el confesionario, quizá él estaría imaginando lo peor de mí. Incluso peor que el sexo.

—Dije algo malo en el confesionario —admití haciendo pucheros, porque, en el fondo, sentía que mi tía tenía parte de la culpa—. El padrecito me reprendió… ahora debe estar pensando que soy una bruta.

Ella me observó con curiosidad, un interés que se volvió evidente cuando mencioné al padrecito. Incluso dejó la revista a un lado.

—Pero dime ya. ¿qué fue eso tan grave que le dijiste?

—Que he fornicado —confesé, mientras me secaba unas lágrimas que empezaban a brotar sin permiso.

—¿Por eso apenas llegaste fuiste corriendo a buscar ese diccionario sucio?

—Sí, tía —respondí desganada.

Ya no valía arrepentirse. No podía retroceder el tiempo y evitar decir aquella palabra que me había dejado como una jovencita pecadora y, para colmo, bruta. Suponía que mi padrecito jamás se enamoraría de una mujer así, siendo él tan bello e inteligente.

—Ay, deja el drama. Si querías el significado, me hubieras preguntado —dijo—. En unas horas me va a dar alergia por culpa de esas hojas llenas de polvo. Además, ¿a quién se le ocurre ir a confesarse si casi no sales de la casa ni tienes vida social? A tu edad yo ya tenía a más de un hombre besando las huellas de mis pies.

Se desperezó sobre el sofá, como si hablar conmigo la cansara.

—A mí, tia.

—Ahora explícame bien tu torpeza.

Aunque amaba a mi tía, a veces me molestaba cuando hacía esos gestos feos o me criticaba por no haber tenido novio. A pesar de eso, siempre terminaba perdonándola. La amaba mucho, y me encantaba hablar con ella.

Me acomodé mejor en el sofá antes de soltarle una gran verdad en la cara. Ella ya estaba desesperada por saber; conocía bien esa mirada cuando la curiosidad la devoraba.

—No fue mi torpeza, tía… fue la tuya —dije de golpe, sin tomar aire, impulsada por el enojo conmigo misma—. Tú me dijiste que fornicar era tomar vino hasta embriagarse.

—¡Jajaja! me imagino la cara de bochorno que debió poner el padre al escucharte decir esa burrada en el confesionario.—Su risa resonó divertida, se esparció como confeti por toda la sala y me hizo sentir como una auténtica payasa.—¡Oh, Carmelina, a veces eres bien tontita!

—¡Somos tía! —repliqué ofendida—. No me dijiste bien el significado.

—¿Y por qué debía hacerlo? —su pregunta me paralizó; incluso logró que dudara de mí misma—. Lo correcto es que te encargues de investigar todo lo que te llegue a los oídos.

Mi tía estaba consiguiendo que me sintiera culpable por mi torpeza.

—Además, nunca te diría ese significado sabiendo que solo has visto una verga por la pantalla de una computadora portátil.

Lo último lo susurró, temerosa de que mi madre, que a esa hora rezaba el rosario en su habitación, pudiera escucharla.

A mamá no le gustaba la forma de hablar de mi tía. Decía que las mujeres no debían expresarse así. Tampoco vestirse como ella lo hacía, mostrando tanta piel.

—Entonces debiste decirme que lo investigara por mi cuenta —la reprendí, cerrando por fin el diccionario, que escupió una leve nube de polvo—. Tienes suerte de que no te delate con él… aunque podría hacerlo este martes, cuando vuelva a reunirme con mi padrecito.

Mi tía no tardó en agitar la mano y taparse la nariz, mientras se ponía de pie y se alejaba del sofá que había dejado casi hundido tras pasar horas recostada allí. Como de costumbre, no le gustaba ayudar en los quehaceres del hogar.

—No te atreverías —me habló entonces con dulzura, esa misma que usaba cuando quería algo de mí: un favor especial… o que le llevara recados al marido de nuestra vecina Paula.

—Puede que sí —anuncié, dejando el diccionario sobre la mesa para hablarle sin distracciones—. Debo limpiar mi imagen con mi futuro esposo.

Apenas me vio hacerlo, se acercó más, con una sonrisa pícara.

—Sabes que no. Además, sabes perfectamente que me necesitas para seducirlo y volverlo loquito por ti.

—¿Seducirlo? —pregunté confundida; no recordaba a qué se refería mi tía, ni mucho menos el significado de esa palabra—. No sé qué dices. Yo solo quiero su amor.

—¡Ay, Carmelina! —resopló—. Ese instituto no ha hecho nada por ti. Cada día sabes menos.

No le contesté. Solo miré el diccionario. Empezaba a confiar más en ese libro pesado, con olor a viejo, que en mi propia tía.

—¡No agarres eso, está lleno de polvo! —prácticamente me gritó con tono de advertencia cuando amagué con tomarlo—. Seducir es lo mismo que conquistar.

—Ok. —puse cara de creerle, aunque más tarde lo buscaría en el diccionario—. Gracias, no le diré nada.

Mi tía volvió a acomodarse en el sofá, pero el crujido de una puerta nos puso en alerta: mi madre había terminado su hora de rezo.

Ambas guardamos silencio, a la espera de que apareciera en el umbral de la enorme puerta que dividía el pasillo de las habitaciones del salón donde estábamos.

—Hola, mami —la saludé al ver su sonrisa.

—El rezo estuvo bueno. Tienes la misma cara que pongo cuando me siento plena, despues de una rica venida. —comentó, con una ligereza que me dejó en el aire.

Miré a mi tía y luego volví a observar a mi madre, que parecía regañarla con la mirada. Aquello me confundió.

—¿Cómo qué te vienes tía? —pregunté, insegura.

—¡Hija! Mejor ignora eso —intervino mi madre enseguida—. Vine a darte buenas noticias para esta noche.

En cuanto mencionó eso, la curiosidad se me esfumó por completo. De un brinco me puse de pie y corrí hasta donde estaba.

—Dime —le pedí, ansiosa.

—Hoy habrá una cena de bienvenida en la casa del alcalde. La señora Filomena, presidenta de las oradoras, me invitó y dijo que podía llevarte.

Sonreí con desgano. No me apetecía visitar la casa de esa mujer amargada ni soportar a su marido panzón.

—Mejor ve tú, mamá. Yo me quedo con mi tía —me alejé para sentarme junto a Morgana.

—Está bien. Quizás te aburrirías con tanta gente de la Iglesia… y con el padre Mateo.

—¿El padre Mateo irá? —pregunté de inmediato.

—Claro. La cena es en su honor.

Eso lo cambiaba todo.

Disimulé como pude, pero por dentro ya estaba contando los minutos,

saboreando la espera, deseando que la noche llegara de una vez.

—Entonces iré. No sería correcto hacerle un desplante a nuestro nuevo padrecito —dije al fin, sin importarme la cara de sorpresa que se dibujó en el rostro de mi mami.

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