—He fornicado padre. —Cerre los puños al escucharla confesarse sin pudor, casi con tono divertido.—Me robe una botella de vino y me fui a fornicar en compañía de mi amiga Lulú, al campo.
—Entonces eres doblemente pecadora. Ladrona y fornicadora. —Escupí, ya con ganas de saber que desgraciado la había tocado.
—Si, pero me pareció divertido en ese momento padrecito. —Hizo una leve pausa antes de continuar con su cuento tonto. —ahora no tanto.
—¿Te gustó? —Le pregunté, de forma casi inquisitiva.
—¡Me encantó! Es muy ricooo.—Me maldije en silencio por haberle hecho una pregunta por la cual no deseaba respuesta. La única ventaja de todo era que más rápido podría follarla. Después de ahí nadie más podría tenerla. No sin correr el riesgo que lo mate. —No se quede callado padrecito. Me arrepiento de todo. Le prometo que con usted siempre seré honesta y nunca le robaré como al antiguo padre. —La corderita no se callaba, ya me empezaba a dar jaqueca su cotorrear.
Después de exhalar un poco de aire y sentirme extraño por el silencio de escorpio volví a preguntar.
—¿Con quién tuviste sexo?
—¿Sexo?.
—Sexo, tal como escuchaste. Me pareces muy joven pero lo suficientemente grande para saber a lo que me refiero. —No pude evitar regañarla, me estaba molestando su actitud torpe. —¿Qué edad tienes...? —La enfrente ante una nueva pregunta que también era de mi profundo interés. —Tambien dime tu nombre... de lo contrario será difícil que el señor te perdone. —Agregue con autoridad. para algo debía servir esa sotana que estaba usurpando.
—Carmen, pero de cariño me dicen Carmelina. —" Otro diminutivo" pensé.—¡Ahhh! tengo 16 añitos, padrecito.— A la corderita de repente la empecé a escuchar hablar algo acongojada.— No me crea tonta, se que es el sexo y como se perpetua. Le juro que nunca he estado con nadie, tengo una muy buena maestra, diría que la mejor.
Hasta yo ya quería saber cómo se perpetuaba el sexo, también quien era la susodicha maestra que le había dado clases.
—En verdad no entiendo nada. —Dije algo confundido.
—Se lo juro. Ni un besito me han dado. Solo fornico a veces, por que me divierte y me gusta el sabor.
« ¡Demonios! ¿qué locura es esta? » grite por dentro a sabiendas de que se trataba de la misma m****a, pero ella parecía tener la intención de volverme loco.
—Habla claro, eso quiere decir que tienes sexo, en el monte con tu amiga. Deja de contradecirte e intentar volverme loco.
—No. Se lo juro. Soy virgen, padrecito.
La confesión me gustó, pero igual lo sentí como una ligera burla, hasta que me atrevi a olfatearla con más intensidad cuando pegó medio rostro a la rejilla. Ahí descubri que su olor estaba muy limpio
—¿A qué le llamas fornicar? —pregunte finalmente para intentar comprenderla mejor.
—Obvio. Tomar vino.
—¿Hablas de vino? —Ni creía semejante pendejada.
—Si padrecito. Solo soy culpable de eso y de robarlo una vez de la casa parroquial. —La inocencia torpe de la corderita casi logra sacarme una sonrisa, pero el hecho de que fuera tan ignorante no me agradaba. —¿Cuál es mi penitencia? —No tardo en preguntar con ternura.
—Reza tres padre nuestro y busca en un diccionario la palabra fornicar. —La volví a mirar cuando la vela títilo casi al punto de apagarse y la jovencita se movió con desorden. —Mañana te espero después de la misa de las 4:00 pm. Con la tarea hecha.
—Claro padrecito, vendré sin falta.—Contesto con obediencia y pegando sus labios a la rejilla, como en modo de tentación.
Tuve que usar toda mi fuerza de voluntad para no ir por ese roce luego de sentir su aliento a fresa.
—Retirate, Carmen. —Escupi entre dientes. Conteniendo a mi lobo, deseaba que me le lanzará encima.
Ella no tuvo prisa para marcharse, se mantuvo unos segundos de más observandome con ojos brillantes, hasta que por fin y su propio bien... se escurrió.
En parte sentí que se me había escapado. Aunque mi instinto animal se sentía sereno. Simplemente debía ser paciente, ya tenía una idea fija de la trampa que le pondría esa corderita lista para comer.