Leila se limpia rápidamente la cara con el dorso de las manos y baja la ventana del coche.
"Hola", dice secamente, intentando sin éxito poner algo de alegría en su cara. "Nunca supe tu nombre el otro día".
"Antonio", amplía su sonrisa. "Pero puedes llamarme como quieras, gatita".
Le guiña un ojo.
"¿Puedes no llamarme así? Ni siquiera te conozco". Leila frunce las cejas y lo mira con el ceño fruncido.
"Pero yo sí te conozco, cariñito", le sonríe.
Leila siente de repente el cambio involuntar