Muerte poética.
SOPHIE
Grité hasta que mi garganta pareció arder en llamas, mis puños golpeaban la puerta y mis uñas arañaban la madera.
—¡Déjame salir!
No hubo respuesta, solo el eco apagado de mi voz rebotando hacia mí como si se burlara. Él se había ido, así que estaba sola y atrapada. La oscuridad era espesa, como alquitrán. No podía ver nada, ni siquiera un resquicio de luz bajo la puerta, ni mis propias manos frente a mí.
Mi espalda estaba presionada contra la pared, fría, húmeda y demasi