Al escuchar su voz, todo mi cuerpo comienza a temblar, mis manos sudan y mi corazón se acelera hasta sentir que va a salir.
—¿No me responderás, hija? —dice mi padre en un tono suave.
—¿Qué... qué haces aquí? —pregunto asustada.
—¿Acaso no me esperabas, pequeña? —Se acerca lentamente, pero yo me alejo.
—Tranquila, mi niña, no te haré daño. —Da otro paso, y yo retrocedo.
—¡No te acerques a mí! —Rápidamente toma mi cabello con brusquedad y me arrastra a un callejón. Comienzo a gritar, pero de