Tomé a Samanta de la cintura y la tumbé al suelo.
—¡Suéltame! Debo matarla —forcejeó, así que le di un golpe en la cara que la dejó inconsciente. Corrí hacia donde estaba Luz y, al verla, noté que tenía una herida en el pecho. —¡No! Mi amor, quédate conmigo —dije desesperado mientras sacaba mi celular y llamaba a una ambulancia y a la policía.
En cinco minutos llegaron ambos. La policía se llevó a Samanta, y ahora yo estaba dentro de una ambulancia, sosteniendo la mano de Luz. Al llegar al hospi