Camino rápidamente por los pasillos del hospital. Mi ansiedad crece a medida que me acerco a la habitación de Adam. Samuel camina a mi lado, pero yo no logro decir nada; solo estoy concentrada en llegar y abrazar a Adam con fuerza.
Al llegar, abro la puerta de golpe. Adam está sentado en la camilla y, al verme, sus ojos se iluminan. No espero que diga nada, simplemente salgo corriendo a sus brazos.
—¡Mi amor! —Él corresponde mi abrazo.
—¿Me extrañaste? —pregunta Adam, y yo comienzo a llorar.—He