Escucho un pitido molesto que poco a poco me hace abrir los ojos. Al observar a mi alrededor, me doy cuenta de que estoy en una habitación de hospital, y de inmediato los recuerdos inundan mi mente: la pelea con Adam y, después, el sangrado.
—¡Mi bebé! —grito, llevando mis manos a mi vientre.
En ese momento, Adam entra apresurado y, al verme así, corre hacia mí para tranquilizarme.
—Hey, tranquila, él está bien.
Cuando intenta abrazarme, me alejo de inmediato.
—¡Eres un maldito! —le grito, dejan