El café estaba medio vacío, iluminado por lámparas cálidas que colgaban del techo como soles apagados. El aroma a espresso recién molido se mezclaba con la tensión en el aire, tan densa que parecía un muro invisible entre los tres.
Valeria seguía de pie, con los brazos cruzados, intentando sostener su compostura frente a Alexandre. Él, cómodo en su silla de cuero, la miraba con esa sonrisa calculada, la misma que solía usar cuando sabía que tenía la ventaja.
Pero lo que Alexandre no había notad