La luz del amanecer se filtraba tímida por la cortina delgada del apartamento. El reloj marcaba las 7:15 y Valeria apenas había conciliado unas horas de sueño. Sentía los ojos pesados, pero más que cansancio físico era un agotamiento del alma. Aun así, cuando abrió los párpados, se encontró con Gabriel en la pequeña cocina, preparando algo torpemente.
Él no era un experto en esos menesteres, y el resultado era casi cómico: pan tostado demasiado dorado, café humeante que amenazaba con rebosar de