Los golpes en la puerta retumbaron con fuerza.
—¡Valeria, sé que estás ahí! —insistió Gabriel desde el pasillo.
El celular seguía vibrando en la mano de ella, mientras Alexander le arrebataba el aliento con su cercanía. Sus ojos, oscuros y encendidos, se clavaban en los suyos como cuchillas.
—No vas a abrirle —ordenó él, con una calma tan peligrosa que helaba la sangre.
Valeria negó con la cabeza, con lágrimas temblando en sus pestañas. El corazón le latía tan fuerte que parecía querer romperle