Las horas posteriores a la llamada se convirtieron en una tortura. Valeria no podía dormir, ni siquiera parpadear sin sobresaltarse. Había cerrado las cortinas, apagado las luces y puesto la maleta de nuevo sobre la cama, como si en cualquier momento tuviera que escapar de nuevo.
Cada ruido en el pasillo le parecía un anuncio de su llegada.
Al amanecer, el timbre del apartamento sonó de forma insistente. Ella contuvo el aliento, pegando la espalda contra la pared. Esperó, rezando para que fuese