Valeria sintió que el corazón se le desplomaba dentro del pecho. El eco de los pasos de Gabriel, alejándose por el pasillo, fue como una sentencia. Quiso correr tras él, suplicarle que la escuchara, que entendiera que no había sido por maldad, sino por miedo, por confusión. Pero Alexandre la mantenía sujeta, con un agarre firme que la aprisionaba contra él.
—Déjame, por favor… te odio con mi alma —lloró, intentando zafarse.
—¿Dejarte? Siempre serás mi inútil secretaria —Alexandre soltó una ca